El trancón de la Autopista
El regreso a casa desde mi trabajo día a día es una aventura. Esta es de tal nivel que nunca vamos a ser capaces de predecir o de saber cuanto va a ser el trayecto hasta que nos encontramos en el camino. En este caso no hay sistema de información mejor que la metodología de trabajo de campo.
Hoy, luego de tener un día de poco trabajo, porque como ustedes ya saben, o al menos los que me siguen en twitter, la conexión a Internet desde mi oficina es muy mala, tan mala que teniendo en cuenta que la mayoría de mi trabajo se basa en Internet, prefiero llevarme siempre el trabajo a casa que esperar a que la información que necesito este disponible con el Internet de la oficina. Yo sé, esto, a mi modo de ver las cosas, es como si en una vivienda no hubiera servicios públicos fundamentales como el agua.
Bueno, hoy viernes estaba contento porque aun con toda la pereza que representa un viernes irse a la casa a estar ahí encerrado por todo el fin de semana, al menos iba a llegar muy temprano. Pero ¡oh sorpresa¡, cuando llegué a los buses que me regresan a la ciudad (quizá por trabajar en el campo es que tengo problema con la conexión a Internet) el que estaba a puto de salir solo tenía un puesto y era en el motor del bus (no es que me haya venido dentro del motor pero si sentado encima). Yo con ese afán de llegar a mi casa a trabajar y pensando que esta semana no había habido trancón a la entrada de Bogotá por la Autopista Norte, pensé: “Esto no va a ser más de 30 minutos de recorrido, y teniendo en cuenta que yo soy de los últimos en bajarme, tendré puesto digno muy pronto.
Cuando cogimos la autopista nos topamos con la cola vehicular en el peaje. Para los que saben que la ruta Chía – Bogotá es muy corta, sabrán lo que quiere decir que el trancón esté en el peaje. Así que ahí fue la segunda sorpresa, ya no era sólo el hecho de estar sentado sobre la tapa del motor en un cojín de navidad, si no también saber que iba a estar así por cerca de hora y media.
Luego del cabeceo respectivo en el trayecto y de darme cuenta que todos los demás humanos, que si obtuvieron puesto digno, iba descansando, no me quedó más remedio que escribir un post, tomar una foto con mi celular y esperar que este esfuerzo de escribir de la forma más incomoda sentado (Escribiera o no en mi portátil la posición es incómoda) no sea en vano. Además, la niña sentada a mi lado nunca abrió la ventana en todo el trayecto, ni campesina que no abre la ventana por miedo al resfrío o por el simple hecho de la pereza.
Al finalizar este post, que publicaré tan pronto como llegue a mi casa, puedo decir que llevo una hora desde que salí de la oficina, aun veo frente a mi el paisaje sabanero, lo que quiere decir que quizá en media hora ya esté entrando a la ciudad. Tengo dos fotos tomadas en el trayecto desde mi posición privilegiada al lado del conductor. Conclusión, hoy ha sido una de mis peores aventuras en el camino a casa y ni siquiera tengo la posibilidad de hacerlo público en Twitter. Sucks.











